No es un mal comienzo, por lo menos recibía un pago que era más de un salario
mínimo, creo que debí sentirme satisfecha con el resultado, una pieza
publicitaria de estudiante me envió directo ahí para hacer
lo que soñaba.
Obviamente, me toco cambiar de vida por
completo, de salario de estudiante a tener mi propio sueldo, de horarios libres
en la U. a cumplir con un contrato y tiempos (8 a.m. a 6 p.m.), de embriagarme a la hora
que quisiera a vivir en frente de un PC.
El primer mes se me dificultó relacionarme con mis compañeros,
dinosaurios de la publicidad, personas que de repente vieron pasar sus años y no
surgieron de un puesto de diseñador gráfico, o un dinosaurio del marketing que
engorda su panza a punta del trabajo de
otros.
Empecé en medios convencionales, si claro, soñemos, portadas de revista,
vallas, sesiones fotográficas con súper estrellas, jingles que se le contagiarían a Colombia entera... ¡Alto! lo mío fue empezar redactando volantes, ajustando textos de vallas que ya vienen hechas, haciendo la propuesta de auto-pauta de la agencia donde trabajaba, campañas de
licitación con el estado donde la creatividad no es lo importante; para los que no saben, esos son trabajos mínimos, pero no me importaba, yo aún continuaba soñando llegar hasta donde los grandes y el aprendizaje dentro de mi cubículo de cristal me sirvió montones.
No voy a hablar mal de mi trabajo, me gustaba, es más, aún me sigue
gustando, pero en la agencita no duré más de 6 meses, salía a las 6 en punto
corriendo a la U. trabajando sábados y domingos y volviendo a la agencia entre
semana, así que decidí renunciar. ¿La excusa? Me salió otro trabajo, ojalá
hubiera sido así, renuncié porque sí, porque se me dio la gana, porque me
aburrí.

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